Hoc non pereo habebo fortior me



Hace unos días estuve en Murcia y aproveché mi mañana libre para visitar la ciudad en la que me convertí en un hombrecico (sí, lo sé, quizá es exagerado, pero es que yo no hice la mili). En cuanto puse un pie fuera del bus comprendí que todo había cambiado. La ciudad me miraba de manera extraña, sin saber muy bien qué decirme, como uno de esos amigos a los que llevas años sin ver y que, incómodo, no sabe escapar del "¿Qué tal va todo?", balbuceando, totalmente perdido hasta exhalar con alivio un "Me alegro de verte; a ver si quedamos un día y nos contamos".


Caminé durante más de tres horas por la Gran Vía, las calles peatonales del casco viejo (Trapería sigue haciéndome sonreír), los aledaños de la Facultad de Letras... Casi podía ver sobre el suelo las marcas de mis pies dejadas años atrás, como en una de esas pelis de rastreadores por bosques nevados. Pero esta vez yo era el rastreador y el rastreado. Perseguí uno por uno mis recuerdos, apostándome en cada esquina para emboscarlos antes de que supieran que andaba tras de ellos. A algunos les dí caza en un bar: Juan, la ginebra con martini, las empanadillas con ensaladilla, el zumo de naranja con tortilla de patata, los periódicos de ayer (siempre de ayer) apilados al final de la barra, junto a las carpetas de los estudiantes, y esa música espantosa de radiofórmula que suena siempre a lo mismo. A otros los sorprendí en Santo Domingo: niños que corren como endemoniados unos tras otros mientras sus padres los desobservan sentados en los bancos de madera, junto a las joyerías de lujo embutidas entre terracitas de heladerías, inexplicablemente ajenos a los músicos de verdad que, venidos del este, tocan música de verdad tras un cartel que reza el manido "bodas, bautizos y comuniones"...

Todos esos jirones de mi memoria se me quedaban mirando cuando, sorprendidos, advertían el puntito rojo de mi mira láser sobre ellos. Ninguno pareció reconocerme, así que no tuve problemas de conciencia a la hora de apretar el gatillo. Decidí dejar para el final a los más peligrosos. Caminé sin prisa entre la gente, mirando al suelo, concentrado, obligándome a no pensar mientras repetía una y otra vez la letra de la canción que tiraba de mi alma desde mis oídos convirtiendo mis auriculares en agujeros negros celestiales, la canción que me desangraba a cada paso...

"Llueve en el canal, la corriente enseña el camino hacia el mar...
Todos duermen ya...
Dejarse llevar suena demasiado bien...
Jugar al azar...
Nunca saber donde puedes terminar...



O empezar"


Al fin, volví a verlos. Durante unos segundos, me detuve junto a la puerta de la librería que hay en los soportales. Allí estaban, como si no hubiera pasado ni un sólo día desde aquella noche. Un par de mis recuerdos se habían quedado todos estos años paseando junto a la catedral, entre cafés y chocolate caliente. Cuando los vi cogidos de la mano, prometiéndose la vida mientras se miraban a los ojos, no tuve otra que volver a ponerle la tapa a la mira de mi fusil.

Supongo que hay cosas que están destinadas a vivir para siempre.

5 comentarios:

Galina dijo...
29 de diciembre de 2008, 20:57

Ya subsané ese tema.

J. dijo...
29 de diciembre de 2008, 21:02

Vaya, ahora además de un escritor que no escribe y de un impaciente, me he convertido en un miserable coaccionador...

;)


Gracias, Galina.

Ruiz dijo...
30 de diciembre de 2008, 19:07

He estado escuchando a Vetusta Morla y me ha gustado bastante :)
Gracias por la recomendacion. Por cierto, tmb escucho a Love of Lesbian lo que pasa es que no lo suelo escucha demasiado (epocas que dan).
Y los "poperos" esos que dices tienen su punto!!Aun no se porque no siguen tocando. Espero que o hagan algun dia ;)

Y eso del nivel "A" del buen gusto?jaja

Feliz año :)

Sensei Katorga dijo...
30 de diciembre de 2008, 23:23

Vetusta Morla y Murcia, un binomio perfecto. Tus pasos me recuerdan mi vida, el olor a Murcia es menos evocador cuando no estoy allí.

Vicky Eme dijo...
26 de enero de 2009, 2:40

Creo que ya te escribi en este post,
pero como te dedicas a no aprobarlos
no lo puedo saber a ciencia cierta.
Sin rencores.
No puedo, necesito saber que era
lo que viste en aquella libreria
prometiendose la vida.
Mientras escuchabas a los Vetusta,
y a su obra maestra Copenhague.
Lo harás??